Esta nueva edición ha sido revisada para pulir algunos detalles que hacían que mi TOC no me permitiese dormir por las noches. Si bien es cierto que la historia no cambia ni un ápice, había algunas cosillas que quería revisar, y me he dedicado los últimos meses a ello.
Además de la revisión del texto, se le ha añadido el subtítulo de «La increíble aventura de una triple adopción internacional». Los motivos para realizar este cambio son varios: el primero, que he recibido algunas consultas para saber si el libro estaba escrito en inglés. En segunto lugar, de cara a las búsquedas en Amazon el subtítulo ayuda con el posicionamiento. Pero, sobre todo, la palabra aventura, sin especificarlo, creo que ayuda a comprender que, a diferencia de lo que mucha gente pensaba (también he recibido consultas al respecto), no se trata de un ensayo sobre la adopción. Estas variaciones responden a las necesidades de la autopublicación, y al aprendizaje contínuo que supone poner a la venta tu libro.
Además, el cambio más notable es la propia portada. ExLibric había hecho un trabajo fantástico en la edición anterior y, de hecho, tengo los derechos de la portada por lo que me sentí tentado a reeditarlo con la portada antigua, pero creo que la actual, más sobria, refleja mejor la trama del libro. Elementos como el hilo rojo, muy vinculada a la paternidad y a la adopción, formando una casa, las bolitas con los colores de la bandera de India, un tuktuk que se dirige a un hogar, la tipografía de inspiración hindi… Espero haber acertado con el cambio. Está disponible en Amazon.
Sea como fuere, si quisieras conseguir tu ejemplar con la edición anterior, podrás hacerte con el tuyo en mi tienda.
Todos hemos estado ahí. Estás inmerso en la lectura o el visionado de un thriller apasionante ambientado en España. La tensión se puede cortar con un cuchillo. El inspector acorrala al sospechoso, le pone los grilletes y, de repente, suelta la frase: «Tiene derecho a permanecer en silencio. Cualquier cosa que diga podrá ser utilizada en su contra en un tribunal…».
Y en ese preciso instante, la magia desaparece. Has dejado de estar en una comisaría española para teletransportarte directamente a un plató de Los Ángeles.
Es justo reconocer que la literatura negra actual está haciendo los deberes. Hoy en día, casi cualquier autor tiene a mano a un amigo o familiar policía al que invitar a un café para documentarse, y eso se nota en novelas cada vez más precisas. Sin embargo, el problema suele estallar en las adaptaciones: al pasar del papel a la pantalla, en ese afán por hacerlo todo más visual y dramático, el rigor salta por la ventana.
Consumimos tanta ficción estadounidense que hemos acabado importando sus clichés, incrustándolos a martillazos en un sistema que no se parece en nada. Si te gusta el género, aquí tienes siete de los errores más sangrantes (y peliculeros) que demuestran que a veces falta pisar la calle y sobran horas de Netflix:
1. El espejismo del «Tiene derecho a guardar silencio» (El eterno Artículo 520)
Es el error más gordo y el más habitual. Olvídate de la frase lapidaria de diez segundos. En España, nuestra lectura de derechos es infinitamente más compleja, larga y garantista.
Cuando se detiene a alguien, lo primero que se hace es informarle del motivo de la detención. A partir de ahí, entra en juego el famoso artículo 520 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal. Se le informa de que tiene derecho a no declarar si no quiere, a no declarar contra sí mismo, a no confesarse culpable, a no contestar a alguna o algunas de las preguntas que se le formulen, y a decidir que solo declarará ante el juez. A eso súmale el derecho a realizar llamadas, designar abogado, ser reconocido por un médico… Es un trámite extenso y muy burocrático que destroza cualquier intento de réplica rápida al estilo Hollywood.
2. El atrezzo de lujo y la fantasía presupuestaria
A veces la falta de ambientación es tan burda que saca una sonrisa a cualquier profesional. Un ejemplo clarísimo lo vimos en la adaptación de El libro negro de las horas (la saga del Kraken). En pantalla, veíamos a los policías entregando expedientes en unas inmaculadas carpetas azules de diseño con el logo impreso en blanco.
Nada más lejos de la realidad: sencillamente, no hay dinero para eso. La verdadera burocracia policial se mueve en carpetas blancas de cartulina con el escudo en negro o azul. O, de forma aún más habitual, en las clásicas y sempiternas carpetas de papel de estraza marrón con letras negras. Son las más antiguas, las más baratas y las únicas que realmente vas a ver amontonadas en las mesas de cualquier brigada.
3. El inspector «Hombre Orquesta» (La falacia de la omnipotencia)
Queda genial para el guion crear a un inspector todoterreno que domina absolutamente todas las disciplinas criminales, pero la realidad es otra. La policía funciona por grupos precisamente porque el trabajo exige especialización.
Un especialista no es alguien que sabe de todo, sino alguien que sabe mucho de una parcela muy pequeña. Un inspector de estupefacientes conocerá la calle, a los camellos, las zonas de pase y los escondites de la mercancía, pero no tiene por qué saber cómo se articula una compleja red de blanqueo. Por el contrario, un agente de blanqueo sabrá perfectamente cómo rastrear cuentas, cómo hacer aflorar el dinero o cómo desentrañar sociedades pantalla para ocultarlo, pero no necesariamente conocerá los entresijos operativos del delito precedente del que proviene ese capital. El trabajo real es un puzzle de especialistas, no un show de un solo hombre.
4. El inspector estrella y el menosprecio al trabajo de grupo
Este cliché no solo es inexacto, sino que roza la falta de respeto hacia la escala básica. En la ficción, las investigaciones se plantean siempre con el inspector vestido de impecable paisano, mientras que los policías aparecen uniformados, relegados a secundarios cómicos, a meter la pata o a llevarle el café al jefe.
En un grupo de policía judicial real, desde el policía hasta el inspector, pasando por oficiales y subinspectores, todos van de paisano (salvo contadas excepciones). Y lo más importante: todos investigan. En la mayoría de los grupos, un policía tiene que ser tan válido y autónomo como su jefe para llevar una investigación por separado.
La idea del inspector obsesionado que se dedica en cuerpo y alma a un único caso es pura fantasía. La realidad es mucho más estresante. Los inspectores asumen una pesada carga de labores de gestión y controlan todos los temas del grupo. En unidades complejas, cada miembro del equipo puede estar llevando uno o dos temas de gran envergadura. En grupos como fraude financiero o delitos tecnológicos, un solo policía puede tener fácilmente 30, 40 o 50 expedientes sobre la mesa. El inspector coordina y supervisa todo ese volumen, pero los que tiran del carro y resuelven a diario son todos los miembros del grupo.
5. Pasarela judicial: Los tacones de persecución y el desprecio por la discreción
Es otro clásico visual, sobre todo en lo que respecta a los personajes femeninos. En pantalla, vemos a inspectoras que acuden a un operativo de calle subidas a unos taconazos de infarto, con peinados de peluquería y ropas tan ceñidas que la pistola va prácticamente de adorno, a la vista de todos. Queda muy estético, muy yanqui, pero es un despropósito táctico.
Si surge cualquier imprevisto en la calle, con tacones no puedes correr. Punto. El trabajo en investigación policial exige una vestimenta eminentemente funcional y cómoda, de ahí la enorme devoción por las zapatillas de deporte. Las mujeres que hacen trabajo de calle optan por la practicidad y huyen de maquillajes elaborados que no aguantarían una jornada maratoniana.
Además, el objetivo número uno en judicial es la discreción. La pistola no se exhibe; se oculta. Es cierto que intentar que no se marque el arma bajo la ropa en pleno verano andaluz es hacer encaje de bolillos, pero la máxima sigue siendo pasar inadvertido. Para mimetizarse con el entorno se tira de colores neutros, evitando las prendas llamativas. Te vistes para el terreno y el clima, no para dar bien en cámara.
6. El muro de las conspiraciones: corcho, chinchetas y kilómetros de hilo rojo
Como autor, reconozco que la tentación visual es enorme. Decorar una pared con fotos de sospechosos, recortes de periódico y lazos rojos uniendo rostros con escenas del crimen queda espectacular en un escenario. Pero tras años pateando despachos, la realidad se impone: es un disparate operativo y de seguridad.
Por las comisarías y dependencias policiales no solo transitan los agentes de la investigación. También pasan ordenanzas, personal civil y empleados de limpieza contratados por empresas externas. Todos ellos son profesionales, por supuesto, pero dejar a la vista de cualquiera el núcleo de una investigación secreta —una fotografía que alguien podría reconocer, un nombre clave, una estructura criminal— es un riesgo que no se asume jamás.
Además, la tecnología dejó atrás el corcho hace mucho. Si en su día los organigramas se hacían tirando de Paint o PowerPoint, hoy existen herramientas y software policial específico que genera estos mapas criminales por capas: relaciones personales por un lado, flujos económicos por otro, entramados empresariales por otro. Y hay una cuestión de pura logística espacial: si un solo grupo de investigación puede tener abiertos entre 10 y 20 casos al mismo tiempo, sencillamente no habría paredes suficientes en toda la Jefatura para colgar tanto hilo rojo.
7. «A sus órdenes, inspector»: El mito de la frialdad jerárquica
Es en los diálogos y en el trato entre colegas donde una novela o una serie se la juega definitivamente. En la ficción, a menudo vemos a un jefe de grupo distante, autoritario, que trata a sus subordinados con condescendencia o desprecio, exigiendo que se dirijan a él de usted y cuadrándose a cada paso.
La realidad de un grupo de investigación es pura camaradería. Con tu jefe de grupo pasas infinidad de horas, trabajáis codo con codo, desayunáis juntos cada día y os vais de cervezas. Lo normal, lo sano y lo operativo es el tuteo. De hecho, que los policías prefieran tratar de usted a su jefe directo (salvo en las escalas superiores como inspectores jefes, jefes de sección o comisarios, donde sí es más habitual la formalidad o el «a sus órdenes») es una pésima señal.
Un mando, como dictan los manuales, debe ser un líder y un «forjador de voluntades». Si exige que se le trate de usted para marcar territorio, el grupo tiene un problema. Sin cercanía y complicidad es imposible detectar cuándo un compañero tiene un mal día o necesita respaldo.
Además, la autoridad no se impone por decreto. Es muy común que un inspector recién ascendido o trasladado de unidades como seguridad ciudadana o estupefacientes aterrice como jefe en un grupo tan técnico como blanqueo de capitales. Al llegar, se encuentra con policías y oficiales que, aunque sean sus subordinados, llevan quince años dominando esas investigaciones. Una cosa es que el jefe quiera marcar unas directrices de trabajo, y otra muy distinta ignorar que está ante colegas altamente especializados a los que debe tratar como iguales. El respeto se gana tirando del carro, no a base de taconazos.
El veredicto final
Escribir un buen procedimental exige mancharse las manos, abrir los manuales, entender cómo funciona realmente una investigación y alejarse de los atajos fáciles. Porque al final, la realidad policial, con su falta de presupuesto, sus tiempos procesales, sus zapatillas de deporte, sus bases de datos encriptadas y su trabajo en equipo descentralizado, suele ser mucho más fascinante y compleja que cualquier guion precocinado.
Me dejo algunos errores más en el tintero, la forma en la que se retrata a los perfiladores criminales a lo «Mentes Criminales» se lleva la palma, pero lo abordaré en futuras entregas. ¿A vosotros también os sacan de la historia este tipo de errores? Os leo en comentarios.
Como ya os había contado, hace algo más de un mes que subí mi borrador con títuno XXXXXX (me encantaría compartirlo, en serio, pero me he presentado con pseudónimo, perdón), al concurso de novela de la Fundación Policía Nacional. El concurso me queda grande, eso seguro, y no aspiro a ganar, pero tener un objetivo me ayuda a mantener una rutina de trabajo y a respetar un cronograma. Hasta ahí todo bien, pero desde el día 15 de junio que, si mal no recuerdo, terminó el plazo de entrega de manuscritos, ahora para los participantes atravesamos un largo período de espera hasta que se conozca el ganador, más o menos por septiembre.
Mientras le doy forma al siguiente proyecto, estoy ultimando los detalles para la reedición de Tuktuk to Spain. Hoy, como se muestra en el vídeo, tocaba maquetar… No es tan fácil como parece, pero en ello estamos.
Poquito a poco os iré contando los avances de la reedición. De momento, ya os adelanto que tengo el nuevo ISBN, y ya he tramitado la solicitud del depósito legal. Por lo que ahora tengo hasta el 12 de agosto, como máximo, para tener cinco copias impresas en papel y así terminar el proceso. Si todo va bien, a finales de agosto el Tuktuk reemprenderá la marcha.
En la última década, las redes sociales han dejado de ser simples canales de entretenimiento para convertirse en plazas públicas donde se debate la moralidad, la ética y la justicia. En este ecosistema hiperconectado, ha emergido con fuerza un fenómeno que polariza a la opinión pública global: la cultura de la cancelación.
Lo que comenzó como un mecanismo legítimo para exigir responsabilidad a figuras poderosas se ha transformado, para muchos, en un tribunal digital implacable. Pero ¿dónde está el límite entre la justicia social y el linchamiento virtual?
El Origen: Una herramienta del activismo social
Para entender la cancelación, es necesario mirar hacia sus raíces. El concepto no nació en los algoritmos modernos, sino en comunidades digitales (particularmente dentro del Black Twitter) y movimientos sociales como el #MeToo o Black Lives Matter.
En su origen, «cancelar» a alguien —ya fuera una celebridad, un político o una corporación— era un acto de boicot pacífico y colectivo. Representaba una herramienta democrática sin precedentes: permitía que minorías históricamente silenciadas o ciudadanos de a pie pudieran señalar abusos de poder, racismo, machismo o discriminación que de otro modo habrían quedado impunes en los sistemas judiciales o corporativos tradicionales. Era, en esencia, obligar al poderoso a rendir cuentas ante el público.
La Mutación: El tribunal moral de internet
Sin embargo, a medida que las dinámicas de plataformas como X (antes Twitter), TikTok e Instagram se volvieron más viscerales, el fenómeno mutó. Hoy en día, la cancelación rara vez se limita a retirar el apoyo económico o el follow a una marca; a menudo se convierte en campañas masivas de descalificación y acoso.
El principal problema del ecosistema digital actual es la velocidad y la falta de matices. En las redes sociales, los juicios se deliberan en minutos. No existe la presunción de inocencia, ni filtros editoriales, ni espacio para el contexto. Un comentario desafortunado de hace diez años extraído de su contexto original, o una frase malinterpretada en un vídeo de quince segundos, pueden ser suficientes para activar la maquinaria del linchamiento digital.
Sociólogos y psicólogos advierten que la cancelación suele operar bajo una «mentalidad de rebaño». El algoritmo premia la indignación y el conflicto, lo que empuja a los usuarios a sumarse a la masa punitiva para demostrar su propia rectitud moral ante su comunidad, muchas veces sin verificar la veracidad o la gravedad de la acusación.
Consecuencias: Autocensura y el fin del debate sano
El impacto de este fenómeno va mucho más allá de la pérdida de seguidores o de contratos publicitarios para las celebridades. En el ciudadano común, la cancelación puede traducirse en la pérdida de empleo, el aislamiento social y un deterioro severo de la salud mental.
Uno de los efectos secundarios más preocupantes es la autocensura. Estudios recientes revelan que un porcentaje cada vez mayor de creadores de contenido, intelectuales, académicos y usuarios habituales prefieren callar o no opinar sobre temas complejos por temor a ser malinterpretados y cancelados.
Cuando el miedo al castigo digital bloquea el pensamiento crítico, la sociedad pierde. Como recordaba el poeta y filósofo Paul Valéry, el verdadero reto de la convivencia humana es «dejar de abolir lo disonante». El progreso social siempre ha dependido de la capacidad de debatir ideas incómodas, no de erradicar a quienes las pronuncian.
Las Dos Caras de la Moneda
Para evaluar la cultura de la cancelación de manera objetiva, es útil contraponer sus dinámicas en la siguiente balanza:
A favor (Justicia y Responsabilidad): Democratiza la denuncia, visibiliza problemáticas estructurales (como el acoso o la discriminación) y obliga a las grandes corporaciones y figuras públicas a alinearse con valores éticos.
En contra (Punición Directa): Fomenta la polarización extrema, castiga con la misma severidad un error discursivo que un delito grave, y no contempla la evolución temporal ni el aprendizaje de los individuos.
¿Existe espacio para la redención?
El gran vacío de la cultura de la cancelación es que no ofrece una ruta de salida. Si una persona comete un error, pide disculpas genuinas y muestra una voluntad real de cambio, el entorno digital rara vez lo perdona. La sentencia suele ser perpetua.
Castigar el error sin dar espacio al aprendizaje genera sociedades más hostiles y menos empáticas. Si el objetivo de señalar una mala conducta es mejorar el entorno social, la pedagogía y la oportunidad de enmienda deberían ser prioritarias frente al castigo eterno.
Conclusión
La cultura de la cancelación es un reflejo de nuestro tiempo: una herramienta con un enorme potencial democratizador que, mal gestionada, puede convertirse en un arma de opresión psicológica.
El desafío de la ciudadanía digital de cara al futuro no es dejar de señalar las injusticias, sino aprender a hacerlo sin deshumanizar al otro. Exigir responsabilidad es necesario; sustituir el debate por la ejecución civil y virtual es un retroceso. En un mundo donde cualquiera puede ser el próximo «cancelado», la empatía, el beneficio de la duda y la proporcionalidad son más urgentes que nunca.
Y tú: ¿crees que la cancelación digital se nos ha ido de las manos o por el contrario es un mal menor que debemos asumir?
Comienza la cuenta atrás. Con mayo llega el final de Tuktuk to Spain. Ha sido un año increíble. El libro ha funcionado muy bien, he tenido la suerte de poder presentarlo en Santiago de Compostela, Sevilla, Murcia. Lo estuve promocionando en la Feria del libro de Sevilla, en el Libro Forum de Murcia… pero todo se acaba. Antes de que termine el mes, TUKTUK TO SPAIN dejará de estar a la venta.
Por eso, y por tiempo limitado, tienes la ocasión de conseguir tu ejemplar al increíble precio de 12 euros, con marcapáginas, dedicado, y con envío gratis. ¡¡¡No lo dejes escapar!!!
La verdad es que al principio no le hice mucho caso al tema, pero creo que es bueno contarlo.
Hace unos días, concretamente el ocho de marzo, compartí en Instagram la foto de la portada del libro Tatuaje, de Vázquez Montalbán, que acababa de terminar (buen libro, por cierto). La imagen de la izquierda corresponde a la portada de mi ejemplar, que además de ser feísima, comparte formato con el de los otros 100 libros de la colección, por lo que para que destacase un poco, busqué una portada distinta en internet, y la compartí.
El caso es que apenas media hora después me llegó una notificación de dicha aplicación, el la que se me informaba de que me habían censurado.
Consulté el motivo de la censura y, para mi sorpresa, al parecer resultaba ofensiva por contener pornografía. Con la cara de idiota que se me había quedado, miré el contenido de la norma infringida y, al parecer, la compañía considera ofensivo el mostrar un pezón femenino, siempre que no sea por lactancia o protesta…
Espera, espera, que yo me aclare, más allá de que ni me había dado cuenta de que en la portada había un pezón en una teta flotante, ¿alquien puede asegurar que el susodicho es femenino? ¿no podría pertenecer a un maromo con sobrepeso? No existe un cuerpo detrás de la teta voladora. Pero voy más allá, si el pezón fuese mío, ¿no sería ofensivo? Para aclararnos, el Nipplegate de Janet Jackson en la Super Bowl XXXVIII, mal, una protesta de FEMEN, bien. Ya lo pillo, al final, el 8M de 2026, le voy a tener que dar la razón a Rigoberta Bandini con «Mamá, mamá, mamá», aunque yo prefiriese a las Tanxugueiras.
Es emocionante estar aquí de nuevo. Acabo de terminar el borrador de la que va a ser mi segunda novela y empieza la que supongo es la fase más difícil del proceso, la de leerla de nuevo y testearla para ver si todo está en su sitio y fluye como debe, o si te has venido muy arriba y te toca dar dos pasos atrás, reescribiendo fragmentos y eliminando capítulos irrelevantes. Revisar tu trabajo es lo normal, pero es difícil ser objetivo. A esto hay que añadirle que el cerebro es capaz de c0s4s m4r4v1ll0s4s, como de corregir los errores que has cometido, volviéndolos invisibles y ahí es cuando entráis los lectores beta. Si quieres ser parte del proceso, desde ahora, y hasta el mes de mayo, tienes la oportunidad de leer mi novela antes que nadie, y dar tu sincera (y despiadada) opinión. Te prometo una buena dosis de tensión y entretenimiento. Si te apetece, no dudes en enviarme un mensaje.
Hace un par de días que @evalispm publicó esta foto en Instagram y ya se me está haciendo la boca agua. El libro viajero ha llegado a su fin, y es cuestión de días que lo reciba en casa. Estoy impaciente por ver el resultado, y conocer de primera mano las impresiones de las lectoras. Un abrazo y mil gracias a @a.a_neus, @aliali191982, @omeurincondelecer, @anasanchezbes.